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El humor y las rimas como recursos de aprendizaje

> –¿Qué le dice un pez a otro pez? –Nada.

–¿Qué le dice un pez a otro pez? –Nada.

Este es uno de los chistes más conocidos que existen. La gracia de esta broma tan sencilla radica en la comprensión de la polisemia de la respuesta, pues “nada” sirve tanto para referirse a que el pez “no dijo nada” como a que le dijo al otro pez que “nadara”.

Igual que recordamos este chiste, recordamos numerosos juegos de palabras y cancioncillas que nos ayudaron a aprender en la escuela (“Treinta días trae noviembre, con abril, junio y septiembre…”). Este envoltorio humorístico o musical sobrevive en la memoria y, con él, el contenido que nos aporta.

Por eso, tanto el humor como las rimas y las melodías han formado parte tradicionalmente de muchas enseñanzas escolares.

El humor y la pedagogía

El humor es un fenómeno intrínsecamente humano y complejo que cumple las funciones sociales, culturales y cognitivas que requiere la interacción entre individuos para existir.

En el aula, es una estrategia didáctica motivadora, pues acerca a estudiantes y docentes, creando una vivencia positiva y gratificante del proceso de enseñanza y aprendizaje.

Gracias al humor, se pueden comunicar mejor algunos contenidos porque estimula la atención, la creatividad y la memoria simultáneamente). El uso de dobles sentidos o juegos de palabras, como los populares “colmos” en primaria (“¿Cuál es el colmo de un electricista? Que no le echen un cable”), desata una respuesta emocional positiva en el niño, la cual se retiene más fácilmente en el cerebro que una oración monótona: el niño aprende, entre otras cosas, vocabulario poco común y a usar la polisemia.

Cómo desarrollan el humor los niños

La capacidad de entender este tipo de dobles sentidos se va desarrollando en distintas fases hasta que aproximadamente a los 12 años ya somos totalmente competentes.

En las etapas iniciales, el uso de juegos de palabras con significado literal ayuda a que los niños desarrollen la competencia pragmática. Mientras juegan con el sentido de las palabras, están aprendiendo cómo funciona la lengua y la polisemia de algunos términos. Por ejemplo, los niños preferirán enfrentarse a un grupo de tigres “muertos de hambre” que a un grupo de leones hambrientos, pues los tigres muertos son inofensivos.

Leer más: Antes de enseñar a leer, deberíamos enseñar a hablar

La memoria tiene oído

En nuestra memoria de trabajo, que usamos para aprender, existe un subsistema llamado “bucle fonológico”, especializado en sostener sonidos del habla unos segundos mientras los repasamos mentalmente, como un audio que se reproduce en bucle.

Ese sistema es especialmente sensible al patrón sonoro: las palabras que comparten ritmo o rima se agrupan y se refuerzan entre sí de un modo que una definición seca simplemente no consigue. Por eso, a un niño de cinco años le cuesta mucho más recordar que “las palabras agudas llevan tilde cuando terminan en n, s o vocal”, que asimilar esta idea aprendiéndose la frase: “camión, ratón y balón, con tilde en el rincón”.

Lo que nos enseñan las tradiciones orales

David Rubin), psicólogo cuya investigación se centra, en parte, en el aprendizaje de estructuras gramaticales y la memorización a través de la tradición oral, investigó por qué epopeyas, romances de ciego y retahílas de comba de todo el mundo sobreviven generación tras generación sin necesidad de papel. Su respuesta: no es casualidad ni nostalgia, sino ingeniería. Estos géneros están construidos con varias “restricciones” (es decir, condiciones que se deben cumplir y que limitan las posibilidades) a la vez: métrica, rima, imágenes, fórmulas que se repiten funcionan como “pistas de recuperación redundantes”, es decir, diferentes señales que apuntan a la misma palabra o fragmento y que permiten recuperarlo si una de ellas falla.

Por eso contribuyen a la retención memorística: si se olvida una palabra, el ritmo o la rima casi nos la “soplan”. Pensemos, por ejemplo, en canciones de comba como “Al pasar la barca”, en las que el ritmo, las terminaciones sonoras e incluso el contexto ayudan a anticipar qué viene después:

Al pasar la barca, me dijo el barquero: “las niñas bonitas no pagan ______”.

Esta ayuda a la memoria que ofrecen las rimas se puede comprobar también en otro tipo de composiciones, no rimadas, como este chiste:

–El mes pasado “contraí” matrimonio. –¡Contraje! –Sí, claro, ¿cómo iba a ir sin traje?

El chiste corrige el verbo irregular (el pasado de contraer es “contraje”, no contraí) apoyándose precisamente en el parecido sonoro que tiene con la expresión “con traje”: esta homofonía resuelve el chiste y, de paso, la forma correcta del verbo ya no se nos olvida.

De la gracia al fondo

Tales elementos humorísticos y musicales no son necesariamente excluyentes, pues el mismo verso pegadizo por su ritmo puede ser que arranque una sonrisa en los niños e, incluso, ser parodiado por los propios niños (¡cuántas versiones gamberras de canciones no se habrán escuchado en clase!). Que un niño o niña juegue con las palabras es una prueba de que su conocimiento de la lengua está madurando.

Aunque rimas y juegos de palabras humorísticos ayudan a recordar, no pueden ser la prueba de que el aprendizaje ha tenido lugar: un alumno puede recitar de carrerilla una rima gramatical sin haber interiorizado la norma que esconde, igual que cualquiera tararea una canción en inglés sin saber qué dice la letra.

Leer más: Por qué no hay prisa para que los niños empiecen a usar el lápiz en la escuela

Lo pegadizo garantiza que la información llegue y se quede a la puerta; que entre de verdad en el edificio y se quede a vivir ahí es otro trabajo, el de siempre: explicar, practicar y aplicar la regla a casos nuevos que ya no riman con nada.

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

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