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¿Puede un estudio equivocado parecer convincente? El caso de las vacunas

En los últimos meses, ha circulado ampliamente en redes sociales, en un documental y hasta en las audiencias del Senado de Estados Unidos un análisis que asegura que los niños vacunados se enferman más que los no vacunados.

En los últimos meses, ha circulado ampliamente en redes sociales, en un documental y hasta en las audiencias del Senado de Estados Unidos un análisis que asegura que los niños vacunados se enferman más que los no vacunados. La cifra que se repite es llamativa: un riesgo dos veces y medio mayor de desarrollar enfermedades crónicas.

El problema es que ese estudio nunca pasó por revisión por pares, el proceso mediante el cual otros científicos examinan un trabajo antes de considerarlo fiable. Se trataba de un borrador interno de la institución Henry Ford Health que fue rechazado por el propio centro de investigación debido a sus deficiencias metodológicas. Sin embargo, sus conclusiones se difundieron como si fuera evidencia establecida.

Junto a un grupo internacional de investigadores en vacunología, pediatría, epidemiología y salud pública, examinamos ese análisis con detalle y publicamos nuestra evaluación en la revista científica Clinical Infectious Diseases. Lo que encontramos no revela una conspiración ni un fraude, sino algo más instructivo: un claro ejemplo de cómo un estudio con fallos metodológicos serios puede parecer, a primera vista, bastante convincente.

Una historia que ya conocemos

No es la primera vez que ocurre algo así. En 1998, un estudio publicado en The Lancet vinculó falsamente la vacuna triple viral (sarampión, paperas y rubéola) con el autismo. Fue retractado por la propia revista médica años después, pero el daño ya estaba hecho. La cobertura vacunal cayó en varios países y el sarampión, una enfermedad casi por completo prevenible, volvió a circular.

Un cuarto de siglo más tarde, el patrón se repite con otro nombre y otra plataforma, pero con la misma lógica. Una afirmación alarmante, difundida antes de que la comunidad científica pueda examinarla, gana terreno más rápido de lo que cualquier corrección puede alcanzarla.

El estudio en cuestión analizó a cerca de 18 000 niños atendidos en un sistema de salud de Estados Unidos entre 2000 y 2016, comparando a quienes habían recibido alguna vacuna con quienes no habían recibido ninguna. La cifra de afectados por autismo resulta alarmante. El problema es cómo se llegó a ella.

Por qué los números pueden engañar sin que nadie mienta

Una asociación estadística no es automáticamente una relación de causa y efecto. Para que lo sea, hay que descartar otras explicaciones posibles, algo que no se hizo en el caso de los niños vacunados con enfermedades crónicas.

La primera explicación es simple: los niños vacunados acudían al médico, en promedio, siete veces al año, frente a solo dos entre los no vacunados. Cuantas más veces ve un niño a un médico, más oportunidades hay de que se le diagnostique algo, desde una otitis hasta un retraso del habla. No es que las vacunas causen esas condiciones; es que quienes acuden más a consulta tienen más probabilidades de que se les detecte y registre cualquier problema. En epidemiología, esto se conoce como sesgo de detección y es una de las trampas más frecuentes al comparar grupos con distinto nivel de contacto con el sistema de salud.

La segunda tiene que ver con el tiempo. Los niños vacunados fueron seguidos, en promedio, el doble de tiempo que los no vacunados. Como muchas enfermedades crónicas (entre ellas, los trastornos del desarrollo o el asma) se manifiestan años después del nacimiento, un seguimiento más largo aumenta simplemente la probabilidad de detectarlas, independientemente de la vacunación.

A esto se suma que el estudio trató la vacunación como una condición fija desde el nacimiento, cuando en realidad los niños pasan de “no vacunados” a “vacunados” en distintos momentos de su vida. Ignorar ese detalle introduce un error conocido como sesgo de tiempo inmortal. Así, si tenemos 100 niños en total, de los cuales 50 están vacunados en un momento especifico de la vida (en este caso, al nacer), ese numero cambia con el tiempo, porque cuando lleguen a tener 10 años habrá muchos más vacunados. Por tanto, es inapropiado asumir que las vacunas causan autismo o cualquier enfermedad: con el pasar de los años, la mayoría de los niños van a estar vacunados y no se puede asumir que lo que les pasa se explica por la vacuna.

Finalmente, los investigadores examinaron decenas de posibles enfermedades sin ajustar sus cálculos por el número de comparaciones realizadas, algo parecido a lanzar una moneda cien veces y sorprenderse de que, en algunas tandas, salga cara ocho veces seguidas.

Ninguno de estos elementos, por separado, bastaría para invalidar un estudio. Juntos, sin embargo, apuntan en la misma dirección: hacia una sobrestimación sistemática del riesgo en el grupo vacunado, no por la vacuna en sí, sino por cómo se diseñó y analizó la comparación.

Lo que sí sabemos, con honestidad

Ningún estudio, ni el que criticamos ni la evidencia que lo contradice, puede descartar por completo efectos adversos raros o específicos de ciertas vacunas. De hecho, el sistema de vigilancia de seguridad vacunal ha identificado señales reales, como ciertos casos de miocarditis tras vacunas de ARN mensajero.

Lo que sí muestra la evidencia acumulada durante décadas, con estudios de cientos de miles de participantes en países con registros sanitarios muy completos, es que no existe una relación causal entre la vacunación infantil rutinaria y un mayor riesgo de enfermedades crónicas como el autismo, el asma o las dolencias autoinmunes.

Un problema que nos incumbe a todos

Lo preocupante, más allá de este caso puntual, es la velocidad con la que un análisis sin revisar puede convertirse en verdad pública antes de que la ciencia tenga tiempo de examinarlo, un proceso que ahora se acelera con sistemas de inteligencia artificial, capaces de repetir y amplificar conclusiones erróneas como si fueran hechos establecidos.

Adicionalmente, es importante recordar que esto no es solo un problema en la medicina, sino en todas las ramas del conocimiento y que se suma a la imposibilidad de reproducir los resultados de los experimentos, que se ha venido documentando recientemente y se conoce como “crisis de replicación” de la ciencia.

No se trata de censurar la ciencia abierta, sino de algo más simple: que los estudios sin revisar se etiqueten como tales, que los medios y los políticos eviten presentarlos como evidencia definitiva y que, como sociedad, recuperemos la costumbre de preguntar cómo se hizo un estudio antes de aceptar lo que dice haber encontrado.

En un momento en que enfermedades que creíamos controladas, como el sarampión, vuelven a aparecer por caídas en la vacunación, entender esta diferencia no es un ejercicio académico. Es, sencillamente, salud pública.

Luis Felipe Reyes no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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