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Xi y Trump lo intentan de nuevo: ¿puede la diplomacia bilateral evitar la guerra entre gigantes?
Mucho se ha hablado en los últimos tiempos de “la trampa de Tucídides” –el patrón histórico según el cual cuando una potencia emergente amenaza con desplazar a una potencia dominante establecida, el riesgo de guerra entre ambas aumenta cons…
Mucho se ha hablado en los últimos tiempos de “la trampa de Tucídides” –el patrón histórico según el cual cuando una potencia emergente amenaza con desplazar a una potencia dominante establecida, el riesgo de guerra entre ambas aumenta considerablemente– y de la inevitabilidad de un conflicto armado entre la República Popular China y Estados Unidos.
Sin embargo, los líderes de las dos grandes potencias parecen más convencidos que el politólogo estadounidense Graham Allison de la posibilidad de gestionar su rivalidad y evitar tal escenario que sería, sin duda alguna, el más perjudicial para ambas y también para el resto del mundo.
En efecto, Donald Trump y Xi Jinping, adalides de sendas estrategias de recuperación del esplendor perdido en sus respectivos estados –hacer América grande de nuevo el primero y revitalización nacional el segundo–, parecen decididos a asegurar el mantenimiento de una relación de estabilidad estratégica constructiva que permita que la relación bilateral no sea un obstáculo, sino incluso un activo en las respectivas estrategias de fortalecimiento.
Ese objetivo explicaría que el presidente estadounidense, Donald Trump, al que siempre sus seguidores han atribuido una gran habilidad negociadora, y el chino, del que cabe esperar el pragmatismo del que siempre han hecho gala en el Imperio del Centro, vayan a celebrar a partir del próximo jueves 24 su segunda reunión en apenas cinco meses. La anterior tuvo lugar en Pekín el pasado mes de mayo. En esta ocasión Xi Jinping visitará la Casa Blanca.
Los dos temas de la reunión
En consonancia con la dinámica observable a lo largo de los últimos meses, dos serán las cuestiones que centrarán la cumbre y sobre las que necesitarían lograr un acuerdo: la relación comercial y el desarrollo de la inteligencia artificial.
En el plano comercial, ambos presidentes buscarán dar continuidad a la tregua comercial acordada en Busan el 30 de octubre de 2025, en virtud de la cual fue posible una reducción de los aranceles mutuos y la reanudación del comercio de determinados productos, entre los que hay que destacar las tierras raras y los minerales críticos, de importancia vital para Estados Unidos.
Con todo, las expectativas en relación con la prórroga del acuerdo son diferentes ya que, mientras que China ve con buenos ojos el mantenimiento de las previsiones del mismo, Estados Unidos desearía extender el compromiso de compra por parte de la República Popular China a nuevos productos.
En el ámbito tecnológico, las conversaciones de los dos líderes girarán previsiblemente en torno a la inteligencia artificial. Más allá de la competencia en este ámbito y las diferencias existentes entre ellos en torno a la conveniencia de ralentizar o dosificar el desarrollo de la misma, sí parece plausible que ambos acuerden el establecimiento de un sistema de alerta temprana de incidencias relacionadas con la IA.
El sistema, llamado a permitir una comunicación rápida y transparente entre las dos potencias en un ámbito tan sensible, buscaría contribuir a evitar crisis de seguridad y escaladas que pudieran derivarse de tales incidentes. Sería, en último término, una medida de confianza de comunicación comparable al “teléfono rojo” de la Guerra Fría creado, no lo olvidemos, tras la Crisis de los Misiles de 1963. Aquel momento es el que se considera que Estados Unidos y la Unión Soviética estuvieron más cerca de un conflicto directo.
Más allá de esas dos cuestiones, al valorar lo que puede suponer esta cumbre no sería sensato prescindir del turbulento contexto internacional en que se desarrolla. En este sentido, cabe señalar, en primer lugar, que será difícil que no sobrevuelen la reunión las diferencias y tensiones entre las dos potencias en asuntos como las guerras en Irán y Ucrania o el conflicto de Taiwán. Aunque no sería extraño que, como ya ha ocurrido en otras ocasiones, las conversaciones sobre esas cuestiones no trasciendan a la opinión pública.
Xi Jinping no asistirá a la cumbre de la ONU
Por otra parte, no podemos dejar de mencionar la paradoja de que vamos a ser testigos: Xi Jinping, líder de una de las dos principales potencias del momento y supuesto máximo defensor de la multipolaridad, va a pasar buena parte de esta semana en suelo americano, pero no va a acudir a la Reunión de la Asamblea General de las Naciones Unidas que se celebra en Nueva York en el mismo periodo. Enviará en su lugar al vicepresidente chino, Han Zheng.
El movimiento bien puede reflejar a partes iguales el desdén del líder chino por la organización sobre la que se ha erigido desde la Segunda Guerra Mundial el sistema internacional y también la pérdida de relevancia que en el momento actual parece experimentar dicha organización.
En definitiva, las dos potencias mundiales principales, más allá de la retórica de alguna de ellas, parecen confiar mucho más en la diplomacia bilateral y en los acuerdos entre ellas que en procesos más amplios en los que tengan cabida otros actores.
Solo cabe desearles suerte y aciertos porque los resultados de sus conversaciones les afectaran no solo a ellos, sino a otros muchos actores. Empezando, claro está, por la Unión Europea.
Gracia Abad Quintanal no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.